Historias y leyendas

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Toda persona al mencionar este castillo pensará en la provincia de Gerona, pero no es así. En el Barrio de Perelada, en el pueblo de Oreña, hemos tenido hasta hace poco tiempo restos de lo que fuera propiedad de los Marqueses de Quintana. Nadie supo en Oreña a quién perteneció este castillo, pero la casualidad puso en mis manos un libro editado en el año 1890 en Matanzas (Cuba), la fecha se la arrancó algún lector desaprensivo y de este libro copio lo siguiente:

            ¿Quién que haya vivido en el pueblo de Oreña no conoció el vetusto Castillo Feudal de los Marqueses de Perelada? Estas ruinas existen como memoria permanente para las generaciones venideras , y en cuyo castillo vio morir a D. Vicente Quintana, el autor de esta narración histórica.

            Voy a sacar a la luz a este autor, que sobre el año 1870 llegó con su padre siendo muy niño, nació en Oreña, su padre era Maestro Municipal de este pueblo y, según escribe su hijo, las pasaban muy estrechas estando supeditados a una tía de su madre, viuda de un militar de alta graduación, que los socorría.

            El autor de estos datos, a los diez años era el capitán de los niños traviesos de Oreña y escogió como peón de su confianza a un niño bonachón llamado Nelo, que le robaba la torta y los torreznos a su hermana Teresona, para quitar el hambre a su capitán.

            En este niño travieso, inteligente y precoz, apodado Satanás, se fijó enseguida el cura del pueblo, nombrándole su monaguillo a la vez que le enseñaba solfeo. Este niño, en su ida y venida a la iglesia, tenía que pasar por la Ermita de San Roque, la cual siempre estaba cerrada, tenía una ventana enrejada por donde los peregrinos, al pasar para Covadonga o tal vez para Santiago, arrojaban una limosna por la reja. Satanás estaba acostumbrado a ver perras gordas de cobre pero nunca había visto una peseta como la de aquel día, el problema era que estaba lejos en el interior de la Ermita.

Satanás, cuyo verdadero nombre era Manuel Salas , no tuvo que romperse la cabeza para ver el modo de hacerse con la peseta. Llamó a su amigo Nelo y le encargó una vara de avellano larga y, cuando la tuvo en la mano, le pegó un pedazo de arcilla en la punta, mandó a Nelo ponerse con los brazos y la cabeza contra la pared y, por encima de ésta, subió Satanás con la vara de avellano, la cual introdujo en la Ermita.

He aquí que no llegaba a la peseta, y haciendo un esfuerzo por entre las rejas, éstas cedieron y quedó con la cabeza dentro y sin poderla sacar. Fueron tan grandes los apuros de Satanás, que al verse perdido, pues era la hora de la diligencia, empezó a gritar. Nelo salió corriendo, quedando Satanás colgado por la cabeza, llegando a tal tiempo la diligencia que tuvieron los viajeros que romper una verja para sacarle.

El escándalo no fue grande, pero peor fueron los palos que se llevó el pobre Satanás y hubiese tenido esto poca importancia si no hubiese llegado a la Capital, donde tenía una tía viuda de un militar, que al enterarse alquiló un coche de caballos y llegó al Pueblo de Oreña para dictar sentencia. Ésta consistió en mandarle a Cuba con una carta de recomendación en la maleta.

Fue por el día 25 de Mayo de 1875 y en el “Ciudad de Santander”, salía Manuel Salas con rumbo a Cuba a sus 13 años de edad. Al llegar a la Habana y desembarcar todo el personal, se quedó solo y empezó a llorar, se acercaron los marineros del barco y al enterarse lo llevaron donde la carta indicaba, pero el señor a quién iba dirigida la carta no conocía a Satanás, no obstante, se hizo cargo del niño.

Viajaba a bordo también el nuevo Capitán General de Cuba, General Valmaseda y dos compañías de soldados. El “Ciudad de Santander” iba armado con dos cañones, con sus correspondientes artilleros y debido a esto se formó una gran bronca entre los soldados de las dos compañías y el niño, que estaba entre ellos, se llevó la peor parte, saliendo de la trifulca con sangre en varias partes del cuerpo.

El General mandó llamar a los revoltosos y fueron arrestados, luego llamó al niño, le hizo muchas preguntas, entre ellas cómo se llamaba, el cual, astuto de verdad, le dijo que su nombre era RICARDO QUINTANA ROBLEDO. Quedó impresionado el General, contestándole que esos apellidos son la auténtica nobleza montañesa, pues el Marqués de Oreña era Quintana y el de Santillana Robledo. Mucho pensó el General sobre esto y el resultado fue que un día le daba al niño un duro y otro una peseta. Llegaron todos a la Habana, militares, paisanos y ¿cómo no se va a escribir de nuestra raza...!

Los soldados, cuando dejaron el equipaje en el cuartel, salieron a la calle, se pasearon por las calles de la Habana sin una perra en el bolsillo y como no pudieron pagar fueron a parar a al cárcel.¡Cuál no sería su sorpresa cuando a su llegada a la celda vieron a Satanás allí! ¿Qué le había ocurrido? Muy sencillo, nada más llegar a la tienda de la recomendación, se asomó a la puerta y vio que algo que no esperaba, una mujer negra con una garrota a la cabeza, tanto le llamó la atención a Satanás que la siguió, agarró la garrota, para saber lo que llevaba, y al ladearse la maleza que contenía, cayó sobre la negra y el niño. Aquella, le denunció a un guardia y fue a la cárcel sin ninguna compasión, donde le propinaron una salvaje paliza.

Los soldados se preocuparon más del niño que de ellos y cuando llegó el sargento a sacarles le enseñaron al niño, al mismo tiempo de ponerle en conocimiento de la amistad que tenía el Capitán General él en el barco. El Sargento mandó al niño que le escribiese una nota para el General, la cual entregó y éste ordenó traerle, y cuando le vio, quedó impresionado de sus heridas por lo que hizo justicia, rápida y ejemplar. El niño tenía su cuerpo ensangrentado de tantos latigazos que le había propinado aquellos salvajes, que pasaron a ocupar la celda que ellos habían dejado.

El General Valmaseda no llegó nunca a saber la verdadera identidad de aquel niño que en Oreña se llamaba Satanás. Pero lo cierto, es que le acompañó la suerte enrevesada toda su vida, pues aún valiendo mucho y por causas ajenas pasaban muchos días sin probar bocado y dormía al sereno muchas noches.

Un buen día no había probado alimento alguno y al anochecer se metió debajo de un carro que había en los portales de un gran comercio, y al llegar los obreros, por la mañana, se lo comunicaron al patrón, el cuál, salió, mandando entrar al niño y le dio de desayunar, después le preguntó de dónde era y al decirle que de Santander, con más motivo le atendió, y le dejó con él, pues el dueño de aquel comercio era PASIEGO, con un corazón de oro.

Estuvo contento el niño en aquel comercio, del cual era ya su cerebro y el patrón le quería como a un hijo, pues este no los tenía.

Ya un muchachote, con diecinueve años, tenía a su cargo el cobro semanal por las casas de los clientes de Matanzas, cosa que hacía los sábados. Entre estos clientes, se encontraba la viuda de un banquero de setenta años, que a pesar de sus protestas no pudo rechazar y que a los tres años murió dicho banquero, quedando en la casa con su fiel criada negra, la cual lo había sido antes de sus padres.

El muchacho cuando llegaba a cobrar siempre le retenía hasta ser el último en pagar, le gastaba bromas, y así pasó el tiempo, hasta que un día de carnaval, pasaba Manuel frente a su casa y al formarse un escándalo en la plaza, se refugió en la casa de la viuda, la cual, le había visto y abrió la puerta metiéndole en el recibidor, aprovechando el momento que ella deseaba desde hacía tiempo.

Le colmó de invitaciones y le hizo contarle su vida; Manolo al referirle una de las aventuras más dramáticas emocionó tanto a la viuda que le abrazó llorando de compasión. Así estuvo hasta la noche y al marchar, le entregó un sobre con la consigna de no abrirlo hasta que estuviera en el almacén, cosa que así hizo. Manolo llegó a la habitación donde dormía y lo primero que hizo fue abrir aquel sobre que estuvo a punto de ser su ruina, encontrándose con la sorpresa que traía dentro...se trataba de una foto de la viuda y de un billete de quinientos. Empezó a pensar lo de él pudiera pensar su patrón si lo viera, lo cual le produjo una alta fiebre que terminó en locura y, que con tanto alboroto que formó, llega el patrón y lo primero que ve fue el dinero y la foto, y dándose cuenta de lo ocurrido, llama a los criados, le llevaron al sanatorio. Allí le dijeron los médicos al patrón que no tenía remedio, pues la enfermedad que tenía Manuel era el VOMITO y no había cura.

Manuel era tan querido en el barrio que la noticia se corrió como un reguero de pólvora. La viuda mandó llamar a la negra para hacer la compra al almacén y enterarse, cuando llegó se lo contó a su ama que lloraba desconsolada. Quitándose el velo del secreto, la viuda rompió por la calle del medio y mandó a la negra que fuese al almacén y le rogara al dueño, de su parte, si podía pasar por su casa. La negra hizo el recado y el patrón le dijo que al anochecer iba, lo cual cumplió. Al llegar, le mandó pasar la viuda del banquero, y confesándole lo del billete y la foto, pidiéndole ir al verle sin que nadie la viese. El patrón, como si adivinase su pensamiento, le dijo:

-        Señora, aquí está el coche esperándola, yo voy también al sanatorio.

Eran las once de la noche cuando llegaron y Manuel sólo se sabía que estaba vivo porque respiraba. El patrón preguntó al sanatorio cómo había pasado la noche y el día, a lo cual, le contestó que en la misma postura que estaba y que el médico le había dicho que no había remedio. Al oír esto, la viuda se arrojó sobre él hablándole fuerte y besándole al mismo tiempo. Manuel se movió y arrojó, con mucha fuerza, un vómito de sangre que bañó al patrón y a la viuda, al tiempo que llamaba a su médico, quien al llegar le dijo:

-        Se ha salvado

No se equivocó, y desde aquel momento, empezó la mejoría y a los pocos días Manuel estaba de reposo en el almacén. Manuel no volvió a trabajar más en el almacén pero sí seguiría siendo su casa, pues entre la viuda y el patrón acordaron que Manuel empezaría a estudiar, con los gastos a cuenta de la viuda. Manuel fue muy pronto Maestro Nacional y se casó con la viuda.

No acabarían aquí las desventuras de este joven, estando a punto de dar a luz su esposa, cuando estaban de paseo, el primo de la viuda hizo unos disparos, resultando muerto el perro y, de la impresión, se adelantó el parto, de lo cual, murió la que fuera su esposa. Nada más expirar, Manuel sacó un revolver de la mesita para pegarse un tiro, pero el patrón adivinando su pensamiento se abalanzó sobre él y le detuvo diciendo:

-        Todavía te queda mucho en este mundo.

Y le señalaba el niño que había nacido con vida.

Así terminó la vida de aquel niño travieso pero muy inteligente, que empleaba el seudónimo de RICARDO QUINTANA ROBLEDO, que su nombre real era MANUEL SALAS y, que el Pueblo de Oreña, lo apodaba SATANÁS.

 

Valentín Usamentiaga.